Desde octubre del 2019 nuestro país comenzó un curso que rompió abiertamente con los esquemas instalados por más de tres décadas. Todo ocurrió en un súbito instante, aunque probablemente la energía venía acumulándose por años hasta llegar a la erupción.

La visibilidad del proceso fue encarnada por una marea de actos donde el principal ingrediente fue la violencia en diversas facetas y desde diversos actores. Si bien también  existieron manifestaciones y eventos pacíficos, el foco estuvo en el acto de fuerza, resistencia e intentos de contención.

Se rompía de esa manera un acuerdo político tácito desde el retorno de la Democracia, e implícito en nuestra sociedad. Se abría nuevamente la caja de pandora dejando escapar el antiguo y renovado instrumento de contienda política, enterrado a viva fuerza mediante un proceso doloroso para nuestro país.

Con dicha fuerza liberada, resurgían también nuestros peores demonios y recuerdos. Rememorando el lenguaje ad hoc, algo del “Ancien Regime” se comenzaba a extinguir, llevándose las bondades y errores que nos habían acompañada hasta ese momento.

La manera de expresar el malestar contenido o de restregar los errores, ya no sería a través de rituales simbólicos fundados en las normas institucionales, sino que abrían las compuertas para que la pulsión instintiva pudiera expresarse desde la profundidad.

De tal forma, pudimos ver esa contracara que nos pertenece y acompaña, la faceta de oscuridad resguardada que Jung denomina la Sombra y que representa todo aquello contenido que evitamos manifestar y que sin embargo, nos pertenece e identifica.

Sin lugar a dudas fueron días sombríos, aunque dibujados de una extraña luz, aquella surgida  en rituales de hogueras. Así, el fuego devorador se unía a la noche como un concilio de reminiscencias antiquísimas que volvían a  renacer. Lo aceptable y lo incorrecto, lo permitido y lo prohibido se fusionaban, otorgándole a dicho momento un rostro especial. Algo que nos hacía recordar al dios Abraxas, esa extraña deidad que unifica bien y mal, aludido en la novela de Hesse.

El ambiente trasuntaba un mensaje extraño que parecía generar una colisión entre lógicas diversas. Ante un escenario de lugares incendiados o destruidos, también existían como mundos paralelos; espacios de canto, tocatas, baile y algarabía. Una suerte de fiesta o carnaval que acompañaba la dimensión aguerrida de quiénes encabezaban la denominada “primera línea”. Más allá, quienes intentaban salvar sus locales, vehículos o incluso vidas.

Ante dicho escenario, una mayoría perpleja se preguntaba, casi ingenuamente por la autoridad.

Al respecto, sólo podemos referir que los discursos o apelaciones desde la autoridad resultaron vanos, simplemente no eran atendidos. Eso implicaba sumar a la vía destructiva, también  una  rebelión directa hacia la imagen de poder. De esta forma, cada día la ola insurreccional ascendía y causaba efectos diversos; desde la  quema de nuestro emblemático metro (estaciones incluidas) hasta saqueos diarios, entre otras muchas. Luego vendrían efectos colaterales, como las suspensiones de compromisos internacionales (APEC, COP25, y otras) sumado a limitaciones en el trabajo, tránsito, ausencia de medios de transporte, un colapso que iba en aumento.

Temor e incertidumbre crecían, ante ello el cuerpo político no lograba reaccionar y siendo honestos, debemos señalar que un contingente significativo también se sumaba abierta o silenciosamente al desborde social que azotaba las estructuras mismas de nuestra sociedad.

Los medios cubrían en jornada completa los eventos y no sólo fueron una efectiva caja de resonancia ante los hechos, sino también en muchas ocasiones se sumaron como peregrinos ante el espectáculo de realismo mágico que invadía al país.

En diversas paredes aparecían los testimonios de consignas, carteles o simples rayados espontáneos que dejaban testimonio del paso de los manifestantes y sus íntimas motivaciones. Las redes sociales eran un campo de opinión, debate y descarnados encuentros, junto con sumar delirantes explicaciones o justificaciones ante lo que estaba sucediendo.

Nuestro país de norte a sur hervía, era una caldera, donde la temperatura de primavera ascendía y envolvía la conciencia. No era extraño ver largas columnas de marchantes o trabajadores por las alamedas, calles colapsadas y personas buscando retornar a sus hogares que imitaban a los caminantes en medio del páramo.

Cuando las cosas no parecían mejorar y miles veían destruidos sus espacios  de trabajo, pequeños locales arrasados o inclusive lugares de alojamiento incendiados, vino el denominado “Acuerdo por la Paz”. Una suerte de exorcización de los demonios que había surgido en la última hora y que lograba que las fuerzas políticas (no todas) salieran de su trinchera y se jugaran por el valor de nuestra  democracia. Todo ello,  testimoniado en un papel firmado quizás con las últimas gotas de civilidad de nuestro feble lapicero institucional y comunicado de madrugada. 

De ahí en más, si bien las revueltas no se detuvieron, irían mutando e  incorporando en forma ascendente  a nuevos actores vinculados al lumpen, cultura narco y los adictos políticos de la violencia. Así, no sería extraño presenciar actos con fuegos artificiales, compras masivas de láser, saqueos dirigidos y otras muestras de características específicas. Sin embargo, una ruta estaba trazada, una vía por recorrer se había definido, un extraño camino de búsqueda o retorno institucional se  dibujaba ante una perpleja ciudadanía, y tenía el sello de un acuerdo surgido entre cenizas y albor,  que se acompasaba a las frases de Machado: “No habrás llegado hasta que todo lo hayas perdido. Ve, camina. Es el camino de la muerte. Es el camino de la vida”.