Publicación Infobae.

El mejor escenario es una recesión más profunda que la que siguió a la explosión de la burbuja inmobiliaria. Pero las probabilidades apuntan a algo mucho peor, una “Grandísima Depresión”, vaticinó el profesor de la Universidad de Nueva York apodado “Dr. Catástrofe”.

“El impacto del COVID-19 en la economía ha sido más rápido y más grave que la crisis financiera mundial de 2008 y que la Gran Depresión”, escribió Nouriel Roubini, el economista que predijo el colapso financiero global que siguió a la caída de Lehman Brothers en el caso de las hipotecas en los Estados Unidos, en su artículo ¿Una Grandísima Depresión?

“En esos dos episodios anteriores, los mercados bursátiles se derrumbaron en un 50% o más, los mercados de crédito se congelaron, se produjeron quiebras masivas, las tasas de desempleo se dispararon por encima del 10% y el PIB se contrajo a una tasa anualizada del 10% o más. Pero todo esto tomó alrededor de tres años para llevarse a cabo”, comparó. “En la crisis actual, resultados macroeconómicos y financieros igualmente graves se han materializado en tres semanas”.

La cuestión central para el profesor de la Universidad de Nueva York (NYU) es menos lo que ha sucedido desde el surgimiento del nuevo coronavirus que lo que podría ser “un segundo crash” en el caso de que se den tres elementos: una mala respuesta sanitaria, preocupación por la inflación futura y conflictos geopolíticos, sobre todo entre China y los Estados Unidos. Ya a finales de febrero Roubini había dicho a Der Spiegel que los mercados “desvariaban” por su posición irrealista.


En aquel momento no se había registrado todavía el primer caso de COVID-19 en Nueva York, pero ya la gente había dejado de ir a restaurantes, cines y teatros. “Si llega, estamos completamente jodidos”, dijo. Actualmente en la ciudad solamente hay más de 57.000 casos identificados y ya se produjeron casi 1.600 muertes. En la primera potencia del mundo en general, la curva de contagio sigue un crecimiento exponencial y el desempleo informado superó los 6,7 millones de casos.

A comienzos de marzo —siguió en su artículo más reciente—, “bastaron 15 días para que la bolsa de Estados Unidos se derrumbara en baja (una caída del 20% desde su punto más alto), en lo que ha sido la caída más rápida de la historia”. Con una desvalorización de más de la tercera parte en Wall Street, “los mercados de crédito se han congelado y los diferenciales (como los de los bonos basura) se han disparado a los niveles de 2008”, agregó. “Inclusive empresas financieras tradicionales como Goldman Sachs, JP Morgan y Morgan Stanley esperan que el PIB de los Estados Unidos caiga a una tasa anualizada del 6% en el primer trimestre, y del 24% al 30% en el segundo. El secretario del Tesoro norteamericano, Steve Mnuchin, ha advertido que la tasa de desempleo podría elevarse por encima del 20%”, es decir, el doble de lo que fue en el peor momento de la crisis del 2008.

“En otras palabras: cada componente de la demanda agregada —consumo, gasto de capital, exportaciones— se encuentra en una caída libre sin precedentes. Mientras la mayoría de los analistas con intereses en el asunto han anticipado una crisis en forma de V —la producción tiene una caída aguda durante un trimestre y a continuación se recupera rápidamente en el siguiente—, ahora debería quedar claro que la crisis del COVID-19 es algo totalmente diferente”, advirtió. “La contracción hoy en marcha no parece tener la forma de una V, una U ni una L (una crisis aguda seguida de estancamiento). Más bien, se parece a una I: una línea vertical que representa un derrumbe de los mercados financieros y de la economía real”.

Roubini subrayó que ni siquiera durante la Gran Depresión o la Segunda Guerra Mundial el grueso de la economía se cerró, literalmente, como ha sucedido ahora en China, Europa y los Estados Unidos.

A partir de eso, delineó dos escenarios: uno optimista, y aun así muy sombrío. El otro, más probable, es mucho peor.

El mejor escenario futuro

“Una crisis más severa que la del 2008 (en términos de una menor producción global acumulada) pero de menor duración, lo cual permitiría retornar a un crecimiento positivo en el cuarto trimestre de este año. En ese caso, los mercados comenzarían a recuperarse cuando se viera la luz al final del túnel”, describió el mejor escenario futuro.

Sin embargo, para que se llegue a ese cuadro, horrible pero lo máximo que se puede esperar de las circunstancias actuales, deben coincidir una serie de condiciones que no están garantizadas.

“En primer lugar, los Estados Unidos, Europa y otras economías muy afectadas necesitarían desplegar un análisis generalizado de COVID-19, con rastreo y tratamiento, cuarentenas obligatorias y un aislamiento total como el que ha implementado China. Y dado que desarrollar y producir una vacuna en gran escala podría demorar 18 meses, será necesario distribuir antivirales y otras terapias en una escala masiva”, describió la condición inicial, que casi ningún país —salvo Corea del Sur o Singapur— ha podido lograr.

El segundo requisito sería que los hacedores de las políticas monetarias —»que ya han hecho en menos de un mes lo que les llevó tres años después de la crisis del 2008″, reconoció el profesor de NYU— siguieran “implementando medidas poco convencionales”: tasas de interés cero o negativas, por ejemplo. También “alivio cuantitativo y alivio crediticio (la compra de activos privados) para respaldar a los bancos, las instituciones no bancarias, los fondos de inversiones y hasta las grandes corporaciones (instrumentos para papeles comerciales y bonos corporativos)”. La Reserva Federal estadounidense, que ya expandió sus líneas de intercambio transfronterizas “para abordar la inmensa escasez de liquidez en dólares en los mercados globales”, debería crear “más instrumentos para alentar a los bancos a extender préstamos a empresas pequeñas y medianas que no tienen liquidez pero aún son solventes”.

En tercer lugar los gobiernos tendrían que desplegar un enorme estímulo fiscal, algo que en los Estados Unidos se ha votado ya. Como medida extraordinaria, incluyó Roubini en este paquete, tendrían que realizarse “desembolsos directos de dinero a los hogares”. Pero eso aumentará el déficit fiscal: “Las economías avanzadas necesitarán subirlo del de 2%-3% de su PIB hasta alrededor del 10% o más. Sólo los gobiernos centrales tienen balances lo suficientemente amplios y sólidos como para impedir el colapso del sector privado”, advirtió. Además, no se deberían financiar mediante deuda gubernamental común, porque eso aumentaría las tasas de interés y ahogaría la recuperación antes de que comenzara.

El escenario más probable según Roubini.

A continuación Roubini volvió a ganarse el apodo de Dr. Catástrofe: “Desafortunadamente para ese mejor escenario, la respuesta de salud pública de las economías desarrolladas no ha cumplido con lo necesario para contener la pandemia, mientras que el paquete de políticas fiscales que se debate no ha sido ni lo suficientemente grande ni lo suficientemente rápido como para crear las condiciones para una recuperación oportuna”, evaluó.

Por eso “cada día aumenta el peligro de una nueva Gran Depresión, peor aun que la original: una Grandísima Depresión”.

Sobre la mala contención sanitaria, el primer elemento que avalaría “un segundo crash”, expresó: “A menos que se detenga la pandemia, las economías y los mercados del mundo continuarán en caída libre. Pero incluso si se la controla más o menos es posible que no vuelva a haber crecimiento hacia finales de 2020. Después de todo, es muy probable que en ese momento comience una nueva temporada de virus, con nuevas mutaciones; las intervenciones terapéuticas con las que muchos cuentan podrían resultar menos efectivas de lo que se espera. Por lo tanto, las economías se volverán a contraer y los mercados volverán a caer”.

El segundo elemento que apunta a una Grandísima Depresión es la preocupación por la inflación futura: “La respuesta fiscal podría bloquearse si la monetización de los déficits gigantescos empieza a producir una inflación alta, en especial si una serie de shocks de oferta negativos, debidos al virus, reduce el potencial crecimiento. Y muchos países simplemente no pueden asumir un endeudamiento tan grande en su propia moneda. ¿Quién rescatará a los gobiernos, las corporaciones, los bancos y los hogares en los mercados emergentes?”, preguntó.

Por último, un tercer factor que hace más probable el escenario sombrío es el conflicto geopolítico. “Con la inminencia de las elecciones en los Estados Unidos, la crisis del COVID-19 abrirá paso a conflictos renovados entre Occidente y al menos cuatro potencias revisionistas: China, Rusia, Irán y Corea del Norte, todas los cuales ya apelan a una ciberguerra asimétrica para socavar a los Estados Unidos desde dentro. Los ciberataques inevitables durante el proceso electoral podrían conducir a la impugnación del resultado, con acusaciones de ‘fraude’ y la posibilidad manifiesta de violencia y desorden civil”. Roubini recordó además que ya se perciben tensiones en la relación chino-estadounidense porque “cada parte responsabiliza a la otra de la escala de la pandemia”.

Estos tres elementos harían que la economía global sucumbiera a “una depresión persistente y un derrumbe galopante de los mercados financieros”, concluyó. “Tras la crisis de 2008, una respuesta contundente (aunque demorada) logró sacar a la economía global del abismo. Acaso esta vez no tengamos tanta suerte”.