Karen Araya Acosta. Profesora de Biología y Química. Licenciada en educación. Magister en desarrollo curricular y proyectos educativos.

Hasta el año 2019 y según los últimos datos publicados por la ONU, Chile registra 939.992 de inmigrantes, lo que supone un 5,02% de la población de Chile. La inmigración femenina bordéa el 52.87% del total de inmigrantes, frente a los inmigrantes varones, que son el 47.12%. Los inmigrantes que llegan a Chile procede principalmente de Perú, el 21,87%, Colombia, el 12,83% y Venezuela, el 11,68%.

A finales del 2019 llegó al mundo un potente virus que tiene hasta a la fecha al mundo viviendo una pandemia que nos ha obligado a quedarnos en casa y modificar la rutina diaria. Pero para algunos la situación ha sido muchísimo más compleja y difícil, especialmente para aquellos cuyos derechos están siendo vulnerados sin que absolutamente nadie se preocupe para protegerlos y revertir esta situación.

Salir de la zona de confort (hogar, país, casa, etc.) significa irse con los pies pero no con el corazón y pues es solo para valientes, aquellos que dejan todo para buscar una oportunidad que les dé calidad de vida o simplemente dignidad, dejando atrás a sus familias, sus hogares, sus historias y sus rutinas para encontrar lo que sus países de origen se han demorado o incluso negado a entregarles.

En las ciudades del norte de nuestro país hay cientos de familias que en plena pandemia y crisis sanitaria, están a diario en las esquinas o en zonas comerciales tratando de obtener una moneda. Esas familias la conforman a veces ambos padres y sus hijos, un/una padre/Madre y su(s) hijo(s) o incluso solo un grupo de hermanos adolescentes, aquellos que deberían disfrutar de las etapas más inolvidables de sus vidas: infancia y juventud. Pero están ahí a merced de la voluntad de la gente que pasa rápidamente frente a ellos, no sabemos si terminaron su año escolar (lo más probable es que estén sin acceso a educación), si durmieron, cuántos días tiene la mascarilla que llevan puesta, si necesitan un baño o simplemente si comieron algo. Niños durmiendo en el suelo, niños sin mascarilla, niños expuestos al sol y al peligro en medio de una calzada en la que en cualquier momento un exceso de velocidad los atropella, niños esperando por horas a sus padres, en fin, una vulneración tremenda de derechos y seguridad hacia los menores.

El 14 de Agosto de 1990 Chile ratificó el convenio Internacional de los derechos del niño que se rige por cuatro principios fundamentales: la no discriminación, el interés superior del niño, su supervivencia, desarrollo y protección, así como su participación en decisiones que les afecten. Según la UNICEF, la Convención sobre los Derechos del Niño establece que los países que la han ratificado deben asegurar que todos los niños y niñas se beneficien de una serie de medidas especiales de protección y asistencia; tengan acceso a educación y a salud. Ninguno de esto se aplica hacia los menores extranjeros que están expuestos al peligro en las calles de nuestra ciudad, y lo más lamentable, es que no hay quien vele por ellos y ninguno de nuestros gobernantes ha mostrado un real interés en mejorar esta precaria situación. Es urgente que se tomen remediales que permitan reestablecer situaciones de alejamiento de los niños y jóvenes de sus derechos.